lunes, 4 de julio de 2011

¿Aumenta la crisis energética global?

¿Cuál es el denominador común entre la Primavera Árabe, el desastre de Fukushima y las sequías que hemos visto por todo el mundo? Hay quien opina que este denominador común es un futuro muy sombrío por lo que se refiere a la energía.

He aquí un hecho simple: la economía mundial está estructurada de tal manera que un estancamiento en la producción de energía no es una opción aceptable. Con el fin de seguir satisfaciendo las necesidades de las mayores potencias industriales como Estados Unidos, junto con la sed voraz de energía de las potencias emergentes como China, la energía mundial deberá aumentar considerablemente cada año.

Es contra este telón de fondo que tres acontecimientos decisivos de 2011 están cambiando la forma en que es probable que vivamos en este planeta en un futuro no muy lejano.

El primero y el más trascendental de los shocks energéticos del año ha sido la serie de acontecimientos precipitados por las rebeliones de Túnez y Egipto y la consiguiente "primavera árabe" en el Oriente Medio. Ni Túnez ni Egipto son, de hecho, importantes productores de petróleo, pero la onda de choque político desatada por estas insurrecciones se ha extendido a otros países de la región que sí son productores de petróleo, como Libia, Omán y Arabia Saudita. Por ahora, los dirigentes saudíes y Omán parecen mantener un control estricto sobre las protestas, pero la producción de Libia, de aproximadamente 1,7 millones de barriles por día, se ha reducido a casi cero.

Según todas las proyecciones de la producción mundial de petróleo, Arabia Saudita y otros estados del Golfo Pérsico deberán suministrar una parte cada vez mayor de la producción mundial total de petróleo, ya que la producción en otras regiones clave disminuye. El logro de este aumento de producción es esencial, pero no sucederá a menos que los gobernantes de los países inviertan sumas colosales en el desarrollo de nuevas reservas de petróleo, especialmente los crudos pesados, "petróleo difícil", variedad que requiere de una infraestructura mucho más costosa que la de los actuales depósitos de "petróleo fácil". Es decir, para satisfacer las futuras necesidades mundiales de petróleo hay que basarse en la voluntad de Arabia para invertir cientos de miles de millones de dólares para explotar sus reservas de petróleo pesado. Pero ahora, frente a las perspectivas de una revuelta de la juventud árabe al estilo egipcio, los dirigentes saudíes parecen decididos a utilizar su asombrosa riqueza en el empleo, la generación de programas de obras públicas y armamento, y no en nuevas instalaciones de “petróleo difícil”. Y lo mismo se puede decir en gran medida de otros estados petroleros monárquicos del Golfo Pérsico.

En términos de los mercados energéticos, el segundo acontecimiento importante de 2011 tuvo lugar el 11 de marzo, cuando un terremoto y un tsunami de intensidad inesperada impactaron el Japón. Se destruyó una parte importante de la infraestructura energética del norte de Japón, incluyendo refinerías, instalaciones portuarias, oleoductos, centrales eléctricas y líneas de transmisión. Además, se destruyeron cuatro reactores nucleares en Fukushima, lo que supone una pérdida permanente de 6.800 megavatios de capacidad de generación eléctrica.

Esto, a su vez, ha forzado a Japón a aumentar sus importaciones de petróleo, carbón y gas natural, sumándose a la presión sobre los suministros mundiales. Con Fukushima y otras centrales nucleares fuera de juego, los analistas del sector calculan que las importaciones de petróleo japonés podrían aumentar hasta en 238.000 barriles por día, y las importaciones de gas natural en 1,2 millones de pies cúbicos por día (en su mayoría en forma de gas natural licuado, o GNL).

El desastre de Fukushima, y la consiguiente revelación de defectos de diseño y fallos de mantenimiento en la planta, ha tenido un efecto dominó, haciendo que las autoridades de energía de otros países cancelaran planes para construir nuevas centrales nucleares o para prolongar la vida útil de las ya existentes. El primero en hacerlo fue Alemania: el 14 de marzo, la canciller Angela Merkel cerró dos de las plantas más antiguas y suspendió los planes para extender la vida de otras 15 centrales. El 30 de mayo, su gobierno decidió la suspensión permanente. A raíz de protestas antinucleares y de un revés electoral, prometió cerrar todas las centrales nucleares existentes en 2022, lo que, creen los expertos, se traducirá en un aumento en el uso de combustibles fósiles.

China también se actuó con rapidez, al anunciar el 16 de marzo que dejaría de otorgar permisos para la construcción de nuevos reactores en espera de una revisión de los procedimientos de seguridad, aunque no descartó del todo esas inversiones. Otros países, como India y los Estados Unidos, llevaron a cabo revisiones de los procedimientos de seguridad de los reactores, poniendo en situación de riesgo ambiciosos planes nucleares. Luego, el 25 de mayo, el gobierno suizo anunció que iba a abandonar los planes para construir tres nuevas plantas de energía nuclear, que había decidido abandonar paulatinamente la energía nuclear, y el cierre de la última de sus plantas en 2034, uniéndose a la lista de países que parecen haber abandonado la energía nuclear para siempre.

La tercera novedad importante de 2011 que concierne la energía, ha sido una serie de persistentes sequías en muchas zonas del planeta. Por lo general, el efecto más inmediato y dramático de la prolongada sequía es una reducción en la producción de granos, lo que lleva a unos precios de los alimentos cada vez más altos y a problemas sociales. Una intensa sequía durante el año pasado en Australia, China, Rusia y algunas partes de Oriente Medio, América del Sur, Estados Unidos, y más recientemente el norte de Europa, ha contribuido al actual récord de precio de los alimentos (y esto, a su vez, ha sido un factor clave en los disturbios políticos que corren por el norte de África, el este de África, y Oriente Medio). Sin embargo, la sequía también tiene un efecto sobre la energía, ya que da lugar a una disminución de la producción de las plantas de energía hidroeléctrica, como está ocurriendo en varias regiones afectadas por la sequía.

Con mucho, ésta es la mayor amenaza para la generación de electricidad que existe en China, que está sufriendo una de sus peores sequías. Los niveles de lluvia de enero a abril en la cuenca del Yangtze, el río más largo y más importante económicamente de China, han sido un 40% inferiores a la media de los últimos 50 años, lo que ha dado como resultado una disminución significativa de la producción de energía hidroeléctrica y una grave escasez de electricidad en gran parte del centro de China.

Los chinos se están quemando más carbón para generar electricidad, pero las minas nacionales ya no satisfacen las necesidades del país, por lo que China se ha convertido en el primer importador de carbón. El aumento de la demanda, combinado con un suministro insuficiente, ha provocado un alza en los precios del carbón, y sin poder tener un aumento comparable de las tarifas de electricidad (establecidas por el gobierno), muchas empresas de servicios públicos de China racionan la energía en lugar de comprar carbón más caro y operar con pérdidas. En respuesta, las industrias están aumentando su dependencia de los generadores de emergencia con motores diesel, lo que a su vez aumenta la demanda china de petróleo importado, poniendo aún más presión sobre los precios internacionales de los combustibles.

De esta manera entramos en julio, con disturbios en Oriente Medio, un panorama pesimista para la energía nuclear, y una severa escasez de electricidad en China (y posiblemente en otros lugares). Las soluciones inmediatas son más carbón (con explotaciones cada vez más invasivas y contaminantes, y más generación de CO2), y más petróleo y gas de esquisto (shale oil y shale gas), lo que implica miles de pozos, cada uno de los cuales puede desencadenar un desastre ambiental. De manera que las expectativas de satisfacer un suministro de energía cada vez mayor para satisfacer la demanda en los próximos años están destinadas a no poderse realizar. En su lugar hay que prever una escasez recurrente, un aumento de precios, y un creciente descontento de la población.

Si no abandonamos la creencia de que el crecimiento ilimitado es un derecho inalienable y si no hacemos el esfuerzo y la inversión necesarios para que las energías renovables sean un sustituto significativo, es probable que el futuro que nos espera sea muy sombrío.

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